Francesc Mestre

Galerista y publicista. Ha dirigido varias galerías de arte como la Sala Adrià o la galería René Metras y, desde 2001, la galería Francesc Mestre Art. Fue marchando de Guinovart, Ràfols Casamada, Erwin Bechtold, Artigau o Serra de Rivera, entre otros.

ENEMIGOS DEL ARTE (1): SUBASTAS I

ENEMIGOS DEL ARTE (1): SUBASTAS I

“Júreme que no” de Francesc Vila Rufas “Cesc”

Del mismo modo que en mi tierna infancia nos enseñaban que “los enemigos del alma son tres: mundo, demonio y carne”, tres conceptos clarísimos para un niño de seis o siete años, ahora que ya soy algo mayor, inicio una serie de artículos sobre los enemigos del arte que son sin duda más de tres. Empezaré por el primero: las subastas.

Ya el origen etimológico de esta palabra nos da una primera pista: los soldados de las legiones romanas tenían derecho al pillaje tras el éxito de sus batallas y lo ejercían con verdadera afición. Tras el expolio exhibían en el suelo, fuera murallas, el fruto de su rapiña y plantaban una lanza (hasta) por encima del botín. Lo que quedaba debajo de la lanza (sub-hasta) se lo adjudicaba el mejor postor.

Actualmente las salas de subasta no precisan guerrear para poder funcionar, les basta con las obras que les ofrecen, ya sean particulares necesitados de dinero o de espacio, o bien profesionales. Y como en una ciudad como Barcelona o Madrid, cada mes se producen no menos de diez o doce ventas por este sistema y cada una con un abanico mínimo de 200 o 300 ofertas a las que denominan “lotes”, van agotando el mercado. Además cada sala compite con sus “colegas” a ver cual hace una valoración más baja, puesto que resulta cada vez más difícil que se pueda absober una oferta tan extensa y de este modo han ido destrozando el mercado de muebles, grabados, dibujos, pinturas, esculturas… Si consultamos los resultados de esta actividad, aparecen las sorpresas: una de ellas es la gran cantidad de obras dudosas o decididamente falsas que se adjudican impunemente y otra es el alto porcentaje de “lotes” que quedan sin adjudicar, además de unas descripciones técnicas a menudo aberrantes.

Además, quienes acuden a este medio para vender obras de arte, deben ceder alrededor de un 20% de comisión, con el problema añadido de que en el caso que la obra no sea adjudicada, opción cada vez más frecuente, queda constancia que su precio es inferior al mísero precio de salida, lo que comporta una gran dificultad, puesto que cada vez resulta más difícil la venta de una obra que haya sido subastada, se haya adjudicado o no.

Las salas de subastas necesitan cada vez más material para ampliar su catálogo, al que denomina “género” y creo que representan una competencia desleal respecto a los galeristas profesionales serios. Propongo que desde los poderes públicos se exija un control de calidad, un respeto para con las obras que se ofrecen y una fiscalidad más severa hacia estas empresas que no aportan nada a la cultura, y encima maltratan un mercado ya de por sí bastante castigado.

Francesc Mestre Bas

Barcelona, febrero 2019

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