Francesc Mestre

Galerista y publicista. Ha dirigido varias galerías de arte como la Sala Adrià o la galería René Metras y, desde 2001, la galería Francesc Mestre Art. Fue marchando de Guinovart, Ràfols Casamada, Erwin Bechtold, Artigau o Serra de Rivera, entre otros.

ENEMIGOS DEL ARTE (2): LAS SUBASTAS II

ENEMIGOS DEL ARTE (2): LAS SUBASTAS II

“Júreme que no” Manuel Summers

He procurado documentarme en relación con la primera sala de subastas que conocí en Barcelona y al intentar investigar a través de Google, me ha sorprendido constatar que poniendo: “subastas gobero”, obtengo por respuesta: “querías decir subastas gobierno” y me ofrece información de este paraíso de los “subasteros”. Si introduzco “gobero” me remite a unas importantes excavaciones en el desierto del Teneré.

Dado que mi intención no es la de hacer escritos de historiografía ni de erudición, me limitaré a contar lo que mi memoria, tan extensa en vivencias pasadas como breve en las presentes, me permite evocar. Yo conocía la existencia de casas de subastas en la Barcelona de los años cincuentas y sesentas, puesto que alguien me había mostrado obras de Casas, Rusiñol, Cusachs, Anglada Camarasa… de una falsedad evidente y que procedían de ventas públicas de postguerra, especialmente de la Sala Canuda.

La primera sala seria que conocí realmente fue la Sala Gobero; el nombre se debía a que los propietarios eran Carmen GOdia, Pedro BEdós y Dolores ROdés. A principios de los años 70, su actividad en el campo del arte excluía explícitamente la obra de artistas en activo, puesto que no querían perjudicar la tarea de las galerías profesionales ni la imagen de los artistas, ofertando sus obras a la baja.

Hubo un día no obstante, en el que se anunció a bombo y platillo que se iba a romper esta norma; se revistió el acto conun tono de solemnidad, puesto que se presentaba como un acto excepcional. Se inició con una breve conferencia a cargo de mi amigo crítico de arte, coleccionista, juez y posteriormente senador Cesáreo Rodríguez Aguilera. Su discurso consistió en una defensa del arte de innovación, estimulando el respeto y la ampliación de miras.

Conviene recordar que en estos años, todavía había un público teóricamante culto, que manifestaba sin ambages que Picasso, Miró, Tàpies… eran unos farsantes que no sabían pintar y que vivían de engañar a gente que no era tan inteligente como ellos y si no añadían los nombres de Klee, Brancusi o Morandi era porque no los conocían.

Estos son mis recuerdos de una sala de subastas que se comportó con dignidad, como también lo fue la Sala Vayreda. Creo que debería recuperarse este espíritu e implantarse una preocupación por la ética, garantizar la autenticidad de las obras, hacer una valoración lógica y aportar una documentación contrastada.

Pero, por encima de todo, es imprescindible que las instituciones públicas, ya que dicen carecer de recursos para apoyar el mundo del arte, por lo menos se comprometan a combatir a sus enemigos.

Francesc Mestre Bas

Barcelona, marzo 2019

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